Meditando en la fiesta del 22 de febrero
Desde hace muchos años celebro con alegría la fiesta litúrgica del 22 de febrero, la Cátedra de san Pedro en Roma. Es fiesta de san Pedro, pero bastante más. El 29 de junio celebramos la fiesta del ‘hombre’ Pedro, la fiesta personal del pescador de Galilea, hecho apóstol y cabeza de los apóstoles. El 22 de febrero celebramos más bien el ‘cargo’, o mejor dicho el “encargo” de Cristo a Pedro y sucesores. El encargo de confirmar a sus hermanos en la fe. Por eso en esa fecha recuerdo y rezo por el Papa que toca. Ya llevo seis en mi vida. Ahora por nuestro Benedicto XVI.
Los ‘poderes’ del Papa
En el libro entrevista “Luz del mundo”, dice Peter Seewald a Benedicto XVI: “Usted es ahora el papa más poderoso de todos los tiempos”… Se lo dice por las estadísticas: número de católicos, tantos países donde está la Iglesia … El papa le contesta con toda sencillez:
“…Tenía razón Stalin al decir que el papa no tiene divisiones ni puede comandar. Tampoco posee una gran empresa en la que todos los fieles de la Iglesia fuesen sus empleados o subordinados. En tal sentido, el papa es, por un lado, un hombre totalmente impotente. Por otro lado tiene una gran responsabilidad. En cierta medida es el jefe, el representante, y al mismo tiempo el responsable de que la fe, que mantiene unidos a todos los hombres, sea creída, que siga siendo viva y que permanezca intacta en su identidad. Pero sólo el mismo Señor tiene el poder de mantener a los hombres también en la fe.”
Y en otro momento de la entrevista el mismo Papa se encarga de recordar lo que san Bernardo escribió al Papa de su tiempo. “Recuerda que no eres el sucesor del emperador Constantino, sino el sucesor de un pescador”.
“¡Ojalá los musulmanes tuviésemos un papa!”
Eso decía en un artículo que tuvo una gran resonancia el escritor egipcio Fahmi Hueidi. Se armó mucha polémica, pero sus argumentos eran de peso. Lo comentaba ampliamente en 1998, Amin Maalouf, premio Príncipe de Asturias. Analizaba en un artículo cómo los Papas han ido guiando lenta pero seguramente a la Iglesia durante 2000 años, a través de los avatares políticos, adaptándose a veces con tropezones, pero sin perder nunca su identidad. En cambio:
“Es legítimo lamentar que en ciertos momentos cruciales la sociedad musulmana no haya tenido una institución estable capaz de oponerse a la tiranía de los príncipes.
Ninguna autoridad incontestable puede decir, por ejemplo, si los talibanes afganos representan una visión justa o equivocada de la fe.
Pero no es demasiado tarde para ver nacer instituciones democráticas capaces de frenar los excesos del poder político, capaces de encauzar el retorno religioso, capaces de asegurar una apuesta decidida por la modernidad. En cualquier caso, si tantas personas en el mundo musulmán se sienten huérfanas, no sólo es porque no tengan un Papa o un califa, sino sobre todo porque están privadas de libertad, de sus derechos más elementales, de cualquier perspectiva de futuro y porque todavía no han conseguido encontrar su puesto en este mundo en perpetuo movimiento.”
Estas palabras, escritas hace 12 años, parecen proféticas a la vista de lo que está aconteciendo ahora en los países del sur del Mediterráneo. Pero, sin un guía seguro ¿en qué manos caerá este momento de liberación?
El Espíritu Santo… ¡funciona!
Cuando reflexiono sobre los “papas de mi vida”, en los papas del siglo XX hasta ahora, ¡qué fácil es ver en filigrana la acción del Espíritu Santo! Todos esos papas han sido diferentes en su personalidad, en sus circunstancias. Todos han tenido sus limitaciones, pero todos, sin excepción, han sabido guiar a la Iglesia en los desafíos de su tiempo. Han sido a veces criticados, pero creo que el tiempo les ha dado la razón. Por ceñirnos a los dos últimos, y tal vez simplificando, Juan Pablo II nos lanzó a quitarnos complejos y a evangelizar. Benedicto XVI completa la obra pidiendo conversión, vida interior y santidad para esa tarea ineludible. Comentando la palabra de Jesús “Sed perfectos como mi Padre es perfecto”, Benedicto XVI recordaba una estupenda cita de san Juan Clímaco (575-649), muy actual también hoy:
“Cuando todo el ser del hombre se ha, por decirlo así, mezclado con el amor de Dios, entonces el esplendor del alma se refleja también en el aspecto externo.”
Sí, ¡qué suerte tenemos como católicos! Pero ¿nos damos bastante cuenta? ¿Lo apreciamos de verdad? ¡A rezar por nuestro Papa! ¡A intentar la santidad! Nada más, pero nada menos.
José María Salaverri sm, 22 de febrero de 2011